PARTE 2: LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR

PARTE 2: LA OFICINA QUE DIEGO NUNCA DEBIÓ IGNORAR
La casa quedó tan silenciosa que Mariana pudo escuchar el zumbido del refrigerador y el eco lejano de los autos sobre Paseo de la Reforma.
Se quitó los guantes de hule, los dejó junto al fregadero y caminó hacia la cava.
A simple vista, era una habitación elegante con botellas antiguas, estantes de madera oscura y una mesa para degustaciones privadas. Diego rara vez entraba ahí. Decía que le aburrían “los caprichos de ricos viejos”.
Mariana retiró una botella vacía de tequila añejo del tercer estante y presionó un pequeño círculo metálico oculto detrás.
Un panel de madera se abrió sin hacer ruido.
Detrás había un elevador privado.
Mariana entró.
El espejo del elevador le devolvió una imagen que Diego jamás había visto de verdad: una mujer de 37 años, cansada, herida, pero no vencida.
Cuando las puertas se abrieron un