no se difundió de golpe.
Al principio se movió silenciosamente, como una grieta que se forma bajo la superficie de algo que durante mucho tiempo se creyó irrompible.
Una llamada.
Luego otra.
Un expediente reabierto.
Un nombre susurrado en oficinas donde Ramira Fuentes no había sido más que un número de caso cerrado.
Y entonces, al amanecer, todo empezó a cambiar.
La ejecución se detuvo a las 2:17 de la madrugada.
Sin ceremonia.
Sin anuncio público.
Simplemente una orden firmada enviada a través del sistema penitenciario, con un sello que denotaba urgencia e incredulidad.
Ramira no durmió esa noche.
Se sentó al borde de su estrecha cama, con las manos aún temblorosas, el cuerpo demasiado agotada para descansar, la mente repasando cada palabra que Salomé había pronunciado.
Mi tío Mateo.
La verdad siempre había estado ahí.
Respirando a su lado.
Crecer sin ella.
Cargando con un peso que nunca