historia graciosa.
—¿Estuve tres horas?
Natalie respondió:
—Casi nos matas del susto.
—Tío Sebastian parecía aterrador?
—Muchísimo.
Sebastian desde el otro lado:
—Sigo pareciéndolo.
Mia lo miró.
—Llevas delantal.
Estaban cocinando.
—El delantal no elimina autoridad.
—Tiene limones.
—Elegiste tú el delantal.
—Error mío.
La niña que una vez había entrado clandestinamente en su habitación podía burlarse de él.
Y nadie dejaba de respirar.
Eso era progreso.
Muchos años después Sebastian vendió la gran casa.
Nadie esperaba.
Natalie menos.
—Pensé que morirías allí.
—Dramática.
—Literalmente tienes un mausoleo familiar en la propiedad.
—No está dentro de la casa.
—No mejora mucho.
Él se mudó a una residencia más pequeña.
Todavía enorme
para estándares humanos.
Según él, “práctica”.
Natalie discutió definición.
Al vaciar el dormitorio encontraron el viejo baúl donde Mia había estado sentada.
Sebastian pasó una mano sobre el cuero.
—¿Lo quieres?
Natalie negó.
—Tú.
—Por qué?
—Porque ahí empezó