y la miró.
—Eso dijeron cuando quise irme.
Su voz era baja, pero el cuarto se quedó en silencio.
Me senté en el borde de la cama.
—Cuéntame desde el principio.
Ella tragó saliva.
La cena había empezado en la residencia de los Ferguson, en San Pedro Garza García. Era una de esas reuniones donde todo parecía elegido para impresionar: flores blancas, cubiertos pesados, copas que nadie llenaba por completo porque hasta la cantidad de vino parecía calculada.
Abigail había esperado al postre para decirle a Nicholas que quería separarse.
—No dije que quería pelear —me explicó—. Solo dije que ya no podía vivir así.
—¿Así cómo?
Miró hacia la puerta.
Nicholas soltó una risa seca.
—Aquí vamos.
Yo no aparté los ojos de mi hija.
—Dímelo.
Abigail contó que durante meses Nicholas había controlado sus llamadas, revisado sus movimientos y cuestionado cada gasto, incluso cuando el dinero era de