Jonah cambiaron.
Franklin revisó los números tres veces.
—¿Qué?
—Todavía nada.
—Franklin.
Me miró.
—La tendencia es diferente.
—¿Buena?
—Mejor.
Blythe tardó más.
El día ocho dejó de responder durante varios minutos.
Pensé que la había perdido.
Después abrió los ojos.
—Papá.
Me incliné inmediatamente.
—Estoy aquí.
—¿Jonah se fue?
—No.
—¿Yo me fui?
Empecé a llorar.
—No, cariño.
—Entonces mentiste.
—¿Sobre qué?
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
—Dijiste que nadie iba a irse.
Me reí mientras lloraba.
—Sí.
—Bien.
No estaban curados.
Todavía faltaba muchísimo.
Semanas.
Meses.
Más tratamiento.
Complicaciones.
Pero los diez días pasaron.
Y mis hijos seguían vivos.
Después veinte.
Después cincuenta.
Después cien.
Mientras ellos luchaban, otra historia se desarrollaba en Chicago.
Las autoridades registraron instalaciones relacionadas con Halcyon.
La investigación fue mucho más amplia de lo que yo había imaginado.
Los documentos de Genevieve y Elena no demostraban cada sospecha que teníamos.
Pero