Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

gritarme que me apartara.

Entonces los dedos de Mariana se movieron.

Muy poco.

Encontraron mi mano.

La apretaron débilmente.

Fue suficiente.

Tragué saliva.

Respiré lentamente.

Y me quedé.

—Estoy aquí.

Bruno soltó un pequeño gemido.

La respiración de Mariana volvió una vez.

Después se detuvo.

Esperé.

No llegó otra.

—Mariana…

Nada.

Esperé unos segundos más.

Luego otros.

El silencio de aquella habitación fue distinto a cualquier silencio que hubiera conocido.

Hundí el rostro en su cabello.

No olía al champú que había utilizado durante años.

No olía a los viajes.

No olía a nuestra juventud.

Olía a enfermedad.

A medicinas.

Al final.

Pero no me moví.

Bruno tampoco.

No sé cuánto tiempo estuvimos abrazándola.

Finalmente tomé el teléfono y llamé al número que nos habían indicado para aquel momento.

—Creo que mi esposa acaba de morir —conseguí decir.

A la mañana siguiente la casa se llenó de pasos suaves y