voces bajas.
Llegó personal de cuidados.
Llegó Teresa.
Cuando vio a su hija, emitió un sonido que todavía escucho algunas noches.
Se sentó junto a ella y acarició su cabello durante mucho tiempo.
Luego me miró.
—Mi hija no era repugnante.
—Nunca lo fue.
Y lo decía en serio.
Bruno permanecía tumbado junto a la cama.
Cuando alguien sugirió apartarlo unos minutos, negué con la cabeza.
—Déjenlo.
Nadie discutió.
Más tarde, cuando la casa quedó vacía, salí al porche.
Me senté en el mismo escalón donde tantas noches había tratado de reunir fuerzas antes de volver a entrar.
Bruno se tumbó junto a mí.
Miraba fijamente la entrada, como si Mariana pudiera regresar en cualquier momento.
Mi teléfono volvió a llenarse de mensajes.
Los vecinos escribían frases sobre Mariana.
Que había sido una mujer maravillosa.
Que había que valorar la vida.
Que había que abrazar más a las personas queridas.