algo cierto.
Ninguna persona de internet podía sostener a Mariana por mí.
Guardé el teléfono.
Regresé al porche.
Mariana estaba medio dormida.
Bruno tenía la cabeza apoyada sobre su pie.
Teresa permanecía sentada junto a ella.
—¿Qué estabas haciendo? —preguntó Mariana.
Podía mentir.
Podía seguir interpretando al esposo perfecto.
Pero estaba cansado.
—Escribí algo en un foro.
Teresa se tensó.
—¿Qué escribiste?
Miré a Mariana.
—La verdad.
Ella esperó.
—Conté que a veces mi cuerpo reacciona al olor. Que tuve arcadas. Que me sentí horrible por eso.
Teresa abrió los ojos.
—¿Le contaste eso a desconocidos?
—Sin nombres.
—¿Por qué harías algo así?
Mariana levantó una mano.
—Mamá.
—¿No te molesta?
Mariana me sostuvo la mirada.
—No.
Teresa parecía no entender.
Entonces Mariana dijo:
—Yo también puedo olerme algunas veces.
Sentí que el corazón me caía.
—Mariana…
—No soy tonta, Andrés.
Miró sus propias manos.
—Sé lo que le está