Mi esposa moribunda me pidió un abrazo, pero mi reacción la destrozó… hasta que nuestro viejo perro intervino

Mariana abrió los ojos.

 

—¿El mensaje?

—Sí.

—Bueno.

Me quedé mirándola.

—¿Eso es todo?

Una sombra de sonrisa apareció en su rostro.

—¿Qué quieres que haga? Apenas puedo levantarme de la cama. No voy a salir corriendo a perseguir a desconocidos.

A pesar de todo, solté una pequeña risa.

Después se me quebró la voz.

—Están diciendo cosas horribles.

Mariana estiró una mano hacia Bruno.

—La gente necesita que alguien sea el bueno y alguien sea el malo.

Me miró.

—Yo no necesito eso.

—¿Entonces qué necesitas?

—A ti.

Los días siguientes algunos vecinos empezaron a comportarse de manera diferente.

Seguían dejando comida.

Seguían saludando.

Pero ya no me miraban igual.

Y curiosamente aquello me alivió.

Habían dejado de mirar a un supuesto héroe.

Ahora veían a un hombre cansado que no siempre sabía qué hacer.

Teresa volvió dos días después.

Estuvo guardando algunas compras en silencio.

Finalmente dijo:

—La