Entonces, desde el fondo del pasillo, apareció una azafata con el teléfono de Vincent en la mano. —Señor, tiene una
llamada urgente de una tal Sophia. Dice que Noah está perfectamente bien. El silencio se volvió insoportable. Vincent miró el teléfono, luego a mí, y vi pasar por su rostro una verdad que había tardado años en aceptar: la caída del niño había sido apenas un raspón, y la llamada, otra forma de tirar de él justo cuando yo más lo necesitaba. Tomó el aparato, lo sostuvo un segundo y lo apagó delante de todos.
—Dile que no me busque más —ordenó a la azafata con una calma helada—. Que lo que prometí por Noah lo cumpliré a través de mis abogados, pero que yo no volveré a contestarle una llamada. —Y se volvió hacia mí—. Claire, no te pido que me perdones hoy. Te pido que me dejes demostrarte que puedo elegirte a ti y a nuestro bebé antes que a cualquier otra persona. Si después de eso quieres irte a Suiza, yo mismo te acompañaré al aeropuerto y no te detendré.