Lo miré largo rato. Alrededor, los pasajeros contenían la respiración, como si presenciaran una película. Pensé en las noches en que lo esperé despierta, en la sonrisa que le regalaba a otro niño, en la forma en
que había pronunciado un nombre ajeno entre sueños. Pero también pensé en sus manos temblorosas, en su camisa empapada, en el rugido desesperado con el que había exigido detener un avión. Quizá el amor no era un acto perfecto, sino la decisión tardía de correr detrás de alguien. Desabroché el cinturón, tomé mi bolso y me levanté despacio. —Un paso a la vez, Vincent —dije—. Y el primero es que me escuches, de verdad, hasta el final.
PARTE 3
Salimos del avión bajo la mirada de todos los pasajeros, y nadie dijo una palabra. Vincent caminaba a mi lado sin tocarme, con las manos metidas en los bolsillos como si temiera que cualquier gesto pudiera ahuyentarme. En la terminal, lejos de las cámaras y los curiosos, me llevó hasta una banca junto a un ventanal enorme, desde donde se veían los aviones despegar uno tras otro. Se sentó a una distancia prudente y esperó. Por primera vez en tres años, el hombre más poderoso de Chicago esperó a que yo hablara primero.