Esa noche dormí como una reina.
A la mañana siguiente, en el despacho del licenciado Garrido, ellos llegaron oliendo a sudor, desvelo y fracaso. Roberto, arrugado y mal encarado. Lucía, hinchada de tanto llorar. El contraste entre ellos y yo era obsceno. Yo llevaba traje azul marino, perlas y peinado perfecto. La vieja inútil estaba impecable.
Roberto quiso gritar desde que entró.
—¡Tú estás loca! ¿Sabes lo que pasamos anoche? Dormimos en el suelo.
—Buenos días —respondí, abriendo mi abanico—. Siéntense.
No se sentó. Amenazó con demandarme. Acusó robo. Gritó. Garrido lo puso en su lugar con una sola aclaración: las tarjetas y muebles eran míos. Lucía, en cambio, lloró.
—Mamá, no tenemos dinero. No tenemos dónde ir. Solo fue una discusión.
—No fue una discusión, hija. Fue una revelación. Él habló. Tú callaste. Y cuando una hija calla mientras humillan a su madre, la grieta ya viene de mucho antes.
Saqué entonces una carpeta y la deslicé hacia ellos.
—Ábrela.
Era el resumen de todo lo que había invertido en ellos durante veinticuatro meses. Cada gasto. Cada servicio. Cada apoyo. Cada deuda pagada. Total: cerca de un millón y medio de pesos.
Roberto palideció.
Lucía se quedó muda.
—¿Tanto? —susurró ella.
—Sí, tanto. Y eso sin contar mi trabajo, mi paciencia y mi dignidad.
Roberto intentó refugiarse en la palabra “familia”.