—La familia se apoya.
—El apoyo es de ida y vuelta —respondí—. Yo puse dinero, techo, comida y protección. Ustedes pusieron desprecio. Eso no es familia, es parasitismo con apellidos.
Entonces Garrido les informó del siguiente paso: la cerradura ya había sido cambiada esa mañana y sus pertenencias personales estaban siendo llevadas a una bodega pagada por treinta días. El edificio tenía sus fotos. No podrían volver.
El golpe lo dejó sin habla.
A Lucía le dio un ataque de llanto.
—¿Y a dónde vamos a ir?
Yo respiré hondo. Saqué un sobre. Lo puse sobre el escritorio.
—Aquí hay dos mil pesos. Alcanzan para dos noches en un motel decente. No es lujo, pero tiene cama y baño. Después de eso, se las arreglan. Como hacen los adultos.
Roberto agarró el sobre. Con rabia, sí. Pero lo agarró. Porque el orgullo se traga rápido cuando ya no hay colchón, aire acondicionado ni tarjeta ajena.
—Te vas a morir sola —me escupió antes de salir—. Sola y podrida en dinero.
—Mejor sola que mal acompañada —respondí—. Y no te preocupes por el dinero. Haré lo posible por gastármelo todo en vinos y viajes antes de morirme. No vaya a ser que te quede algo.
Salieron.
La puerta se cerró.
Y yo entendí algo que me cambió la vida: a veces el acto más amoroso no es abrir los brazos, sino cerrar la puerta.
Los primeros días fueron extraños. El departamento, ya recuperado, era un esqueleto amarillo y luminoso. Sí, amarillo. Siempre quise una sala amarilla, pero a Roberto “le parecía corriente”. Así que mandé pintar las paredes de un amarillo canario que parecía sol nuevo. Compré muebles de madera rústica, pesados, honestos. Cambié el inodoro por uno nuevo, alto, funcional. Llené la cocina de cazuelas otra vez.