Y luego me aburrí.
Así que volví a cocinar.
No abrí un restaurante; ya no tengo edad para esclavizarme por gusto. Abrí algo mejor: La Caja de Francisca, un servicio de comidas caseras por suscripción para oficinas y negocios del barrio. Solo cincuenta porciones al día. Ni una más. Lista de espera en dos semanas. Don Anselmo, el de la mudanza, se convirtió en mi repartidor principal. Cada martes venía por las hieleras como si recogiera oro.
Mi casa dejó de oler a tensión.
Ahora olía a café de olla, romero, pan recién horneado, masa batida, cera para muebles y libertad.
De Lucía supe por rumores al principio. Que seguían en un motel. Que luego se mudaron a un cuartucho de azotea en una colonia brava. Que el auto se los quitó el banco. Que Roberto peleaba a gritos. Que ella empezó a trabajar en una zapatería del centro. Cada noticia me pinchaba el corazón y al mismo tiempo me lo curaba.
Una mañana, meses después, fui al mercado por aguacates y allí me lo encontré.
A Roberto.
Discutía con un carnicero, seguramente pidiendo trabajo o queriendo dar órdenes sin tener puesto ni oficio. Ya no quedaba nada del ejecutivo de cuello tieso. Jeans vencidos, polo estirada, barriga salida, hombros hundidos. El carnicero, sin paciencia, le soltó:
—Aquí se viene a trabajar, joven, no a mandar. Hágase a un lado.
Roberto volteó y me vio.
Nuestros ojos se cruzaron entre cilantro, sangre fresca y ruido de mercado.
Esperé un insulto.
No vino.Solo bajó la vista. Miró mi abrigo rojo nuevo, mis zapatos de cuero, mi bolsa llena de ingredientes de primera. Luego se miró a sí mismo y se fue. Rápido. Encogido.
No sentí lástima.
Sentí equilibrio.
Aquella tarde, al volver a casa, encontré un sobre bajo la puerta. Decía “Mamá” con la letra redonda de Lucía. Lo abrí con una copa de vino en la mano.
Dentro venían tres billetes de quinientos pesos y una hoja de cuaderno.