Parte 2: El Nombre que Enterró la Culpa

Mi padre seguía de pie en el umbral, pero ya no parecía el hombre que me había echado de casa diez años antes.

Su rostro había perdido color.

Mi madre se apoyó en el marco de la puerta como si las piernas hubieran dejado de obedecerle. Miraba a Leo sin parpadear. No era la mirada de una abuela que descubre a su nieto.

Era la de alguien que reconoce un fantasma.

Leo, ajeno al silencio, sostuvo con más fuerza la correa de su mochila.

—Mamá —susurró—, ¿ellos son el abuelo y la abuela?

Mi garganta se cerró.

—Sí, cariño.

Mi padre dio un paso atrás.

—Entren —dijo.

No hubo calidez en su voz. No hubo perdón. Solo miedo.

La sala seguía igual que en mis recuerdos. El sillón reclinable de cuero. La lámpara de pie junto a la ventana. El reloj de pared que sonaba demasiado fuerte cuando nadie se