atrevía a hablar.
Leo se sentó en el borde del sofá, con las manos sobre las rodillas. Había aprendido a hacer eso cuando estaba nervioso: quedarse muy quieto, como si ocupar poco espacio pudiera protegerlo de las personas desconocidas.
Mi madre le ofreció un vaso de agua. Él lo aceptó con educación.
—Gracias.
La voz de mi hijo la hizo llorar.
No lloró fuerte. No se cubrió la cara. Solo una lágrima descendió por su mejilla mientras lo observaba beber.
Entonces mi padre se volvió hacia mí.
—¿Quién es su padre?
La misma pregunta.
Diez años después, en la misma casa.
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Pero esta vez yo ya no tenía diecinueve años. Ya no llevaba una bolsa de lona ni temblaba porque un hombre levantara la voz.
Había criado a un niño sola. Había trabajado de noche, estudiado de madrugada y sobrevivido a días en que el