por él. Había venido por su pregunta, por su derecho a conocer de dónde venía.
—¿Quieres volver? —le pregunté.
Leo pensó un momento.
Luego miró a mi madre, que parecía una mujer frágil y desconocida; después a mi padre, con el rostro vencido y el sobre de la investigación entre las manos.
—No ahora —dijo con una madurez que me dolió—. Tal vez cuando sean buenos.
Mi madre cerró los ojos.
Mi padre no discutió.
Eso fue lo único parecido a una disculpa que obtuvo.
Salimos de la casa cuando el sol ya se había escondido. El aire de Ohio era frío, pero Leo saltó sobre la acera como si se hubiera quitado un peso que ni siquiera sabía que cargaba.
Al llegar al auto, abrió la puerta y se detuvo.
—Mamá.
—¿Sí?
—¿Puedo usar el apellido de papá también?
Las lágrimas me llenaron los ojos.
—Claro que sí.
Él