PARTE 2: La fotografía que Claire nunca le había mostrado

“Entonces lo haré por memoria”, dije.

“¿Por memoria?”

“Para no volver a olvidarme.”

Ella me miró largo rato.

Luego empujó la libreta hacia mí.

“Escribe.”

Escribí despacio.

Domingo: comer juntos.

Miércoles: llamada sin prisas.

Un sábado al mes: paseo por Valladolid.

Una foto juntos cada estación.

Aprender una receta suya.

Acompañarla al médico cuando ella quiera.

No mirar el móvil en su cocina.

No decir “otro día” si puedo decir “hoy”.

Cuando terminé, le pasé la libreta.

Mi madre leyó en silencio.

Se limpió una lágrima antes de que cayera del todo.

“Esto es mucho.”

“No. Mucho fue lo que hiciste tú.”

Ella cerró la libreta.

“Yo hice lo normal.”

“No, mamá. Tú hiciste casa.”

No sé por qué esa frase la hizo llorar.

Quizá porque nadie se lo había dicho nunca.

Esa noche cenamos tortilla francesa y sopa que había sobrado.

Después llamé a mi hija, Clara.

Tenía quince años.

Vivía conmigo algunos días y con su madre otros.

Le conté que estaba en Valladolid con la abuela Pilar.

“¿La yaya está bien?”, preguntó.

“Sí. Pero creo que hemos estado un poco lejos.”

Hubo silencio al otro lado.

Luego Clara dijo:

“Papá, tú siempre estás ocupado.”

No lo dijo con crueldad.

Lo dijo como se dicen las cosas que ya no sorprenden.

Me senté en la habitación pequeña, la que había sido mía.

En la pared aún quedaba la marca clara de un póster antiguo.

“Lo sé.”

“¿Vas a volver hoy?”

“No. Mañana quizá.”

“Ah.”

Ese “ah” me sonó demasiado parecido a mi madre.

Entonces entendí algo que me dejó helado.

Yo no solo estaba repitiendo mi abandono hacia atrás.

También lo estaba enseñando hacia delante.

“Clara”, dije.

“¿Sí?”

“El domingo quiero que vengas a Valladolid conmigo. Si te apetece. Sin planes raros. Solo a comer con la yaya.”

“¿Sin prisas?”

Cerré los ojos.

“Sin prisas.”

“Vale.”

Y en su voz escuché algo pequeño abrirse.

Como una ventana.

El domingo llegó con frío y sol.

Fui a buscar a Clara a la estación.

Venía con una mochila, los auriculares colgando y esa cara de adolescente que intenta parecer indiferente.

Pero cuando vio a mi madre esperándola en el portal, se le ablandó la expresión.

“Yaya.”

Mi madre abrió los brazos.