PARTE 2: La noche en que Vivian dejó de esconderse

Y esa mujer ya no necesitaba que nadie la eligiera.

Se había elegido a sí misma.

Mi vida ya no giraba alrededor de sus decisiones.

Con el tiempo, regresé a las oficinas de Ashford Global, pero esta vez no como la mujer que intentaba pasar inadvertida.

Me incorporé al consejo del fideicomiso familiar y comencé a trabajar en un proyecto que llevaba años posponiendo: financiar tratamientos reconstructivos y apoyo psicológico para personas que habían sufrido quemaduras graves.

No prometíamos borrar las cicatrices.

Prometíamos ayudar a las personas a recuperar su autonomía, su confianza y el control sobre sus propias decisiones.

En la inauguración del programa, una joven llamada Amelia se acercó a mí. Tenía quemaduras en uno de sus brazos y llevaba una chaqueta de manga larga, aunque el día era cálido.

—¿Alguna vez deja de darte vergüenza? —me preguntó tímidamente.

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