Porque en ese momento, el teléfono de la casa comenzó a sonar.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Mi padre contestó.
Escuchó durante cinco segundos.
Y palideció.
—¿Quién era? —pregunté.
Colgó.
Me miró.
—Tu madre.
—¿Qué le pasó?
Mi padre tragó saliva.
—Desapareció.
Y fue entonces cuando comprendí la terrible verdad:
Flynn no había intentado robar mi fortuna.
Había intentado quedarse con algo mucho más valioso.
Algo que mi familia llevaba generaciones escondiendo.
Y ahora alguien estaba dispuesto a matar para conseguirlo.