Tristeza.
“¿Está bien?”
La pregunta me pilló totalmente desprevenida. Había esperado una negación. Tal vez vergüenza. Jamás esperé preocupación.
“Él está bien.”
La mujer cerró los ojos brevemente. Un gesto de alivio se reflejó en su rostro. Luego me miró de nuevo.
Tragué saliva porque, de repente, esta conversación me pareció mucho más complicada de lo que había imaginado.
“Porque mi marido lleva tu cara tatuada en el hombro.”
Durante varios segundos se quedó mirándome fijamente. Luego, lentamente, se sentó en la silla más cercana.
“¿Ryan hizo qué?”
Mi corazón dio un vuelco.