Valeria apareció arrastrando una pequeña maleta negra.
Detrás de ella venía un hombre desconocido.
—¿Estás seguro de que nadie te vio? —preguntó Valeria.
—La sirvienta estaba en la cocina —respondió el hombre—. Pero tenemos un problema. El hombre todavía respiraba.
La sala del tribunal quedó completamente congelada.
Valeria se llevó una mano a la boca.
—¡Eso está manipulado! ¡Es una mentira!
Pero el video continuó.
—Entonces termina el trabajo —dijo Valeria con una frialdad aterradora—. Y asegúrate de que parezca que fue Lupita.
El hombre abrió la maleta.
Dentro había varios frascos de medicamentos.
El fiscal se levantó de golpe.
—¡Detengan la reproducción!
Pero el juez levantó una mano.
—Continúe.
El video terminó mostrando a Valeria entrando nuevamente al despacho. Minutos después, salió limpiándose las manos con una toalla.
La sala explotó en murmullos.
Lupita comenzó a llorar.
Durante nueve meses había repetido la misma frase: “Yo no maté al señor Arturo”.
Nadie le había creído.
Ahora, delante de todos, la verdad comenzaba a salir a la luz.
El juez miró a los policías.
—Quiero que se revise inmediatamente la autenticidad de esos archivos. Y quiero una orden para registrar la mansión de Arturo Cifuentes.
Valeria empezó a temblar.
—No pueden hacer esto. ¿Saben quién soy?
El juez la miró con severidad.
—Precisamente por saber quién es usted, señora Montenegro, vamos a asegurarnos de que la ley se aplique de la misma manera que a cualquier otra persona.
Dos agentes se acercaron a Valeria.
Por primera vez desde la muerte de Arturo, las cámaras dejaron de enfocarla como la pobre viuda.
Ahora la estaban grabando como sospechosa.