La abogada se interpuso.
“La fiscalía ya tiene copia de todo.”
Entonces Camila sacó su última carta.
Un documento notarial asegurando que mi padre le había cedido la mitad de sus acciones antes de desaparecer.
Rosario lo miró y empezó a reír.
No era una risa alegre.
Era la risa de alguien que acaba de reconocer una mentira demasiado torpe.
“Ahí dice que yo fui testigo.”
Camila levantó la barbilla.
“Así fue.”
Rosario mostró su mano.
“Yo nunca aprendí a escribir. Toda mi vida he firmado con huella.”
Sobre el documento aparecía una elegante firma: Rosario Méndez.
Nadie volvió a hablar durante varios segundos.
Mi madre miró a Camila.
“Me viste llorar veinte años.”
Mamá…”
“Me viste odiar a tu padre. Dejaste que tu hermano creciera creyéndose hijo de un ladrón.”
Camila perdió finalmente el control.
“¡Porque siempre fue Mateo! El campeón, el heredero, el hijo perfecto. Yo quería lo que también era mío.”