Lucía aceptó dirigir nuevamente la fundación con una condición: todas las cuentas serían públicas y auditadas.
Yo compré y remodelé la residencia donde había encontrado a mi padre. No la convertí en un monumento a mi apellido.
Lucía eligió el nombre.
Casa Esperanza.
Seis meses después renovamos nuestros votos en su jardín.
Sin políticos.
Sin empresarios.
Sin fotógrafos.
Los invitados de honor fueron los ancianos que vivían allí.
Tomé las manos de Lucía.
“Cuando nos conocimos, corriste detrás de mí para devolverme una cartera que había olvidado. Pensé que ese día me habías demostrado que todavía existía gente honrada.”
Respiré hondo.
“Me equivoqué. Me has pasado años enseñándome algo mucho más difícil: que confiar también requiere valor.”
Lucía sonrió.
“Tengo un regalo para ti.”
Tomó mi mano y la puso sobre su vientre.