volvieron a llenarse de lágrimas.
—Porque tenía miedo de arruinar tu vida.
Abrí otra.
Y otra.
En algunas, escribía sobre cuánto me extrañaba.
En otras, describía cómo algo tan simple como una canción en la radio, una tarde lluviosa o el olor del café le hacía recordar al chico al que una vez había amado.
Una carta contenía apenas unas frases.
“Espero que, estés donde estés, alguien sea amable contigo. Espero que rías a menudo. Espero que tengas la vida que alguna vez imaginamos.”
No pude seguir leyendo.
Dejé la carta y me cubrí el rostro.
Durante cuarenta años, yo había llevado a Anna como un recuerdo.
Y durante cuarenta años, ella me había llevado en palabras que nunca se atrevió a enviar.
—¿Te arrepientes? —pregunté.
—¿De qué?
—De no haberme encontrado antes.
Anna pensó un momento.
Luego negó con la cabeza.
—Me arrepiento del dolor.
Tomó mi mano.
—Pero