Me senté frente a la caja de seguridad sin atreverme a abrir la carta.
Habían pasado casi treinta años desde la muerte de Elena, pero reconocería aquella letra en cualquier parte. La forma ligeramente inclinada de las palabras, la manera de alargar la última letra de mi
nombre… era como si mi hermana hubiera estado allí unos días antes.
Finalmente rompí el sello.
“Querida Isabel:
Si estás leyendo esto, probablemente yo ya no pueda explicártelo personalmente.
Antes que nada, perdóname.
Hay una parte de mi vida que nunca te conté porque me avergonzaba que supieras hasta qué punto llegué a perderlo todo.
Cuando conocí a Harrison después de aquel accidente, pensé que nunca volvería a verlo. Para mí solo había sido un desconocido que necesitaba ayuda.