Años después, cuando mi negocio quebró, Harrison
apareció de nuevo.
Quiso ayudarme y yo me negué.
Discutimos durante semanas.
Finalmente acepté una sola condición: si algún día él quería devolverme aquel favor, no debía hacerlo por mí.
Debía hacerlo por personas como nosotras.
Personas mayores que algún día podrían encontrarse solas, sin dinero y sin nadie que las defendiera.”
Tuve que detenerme.
Miré a Álvaro.
—Entonces la fundación…
—Siga leyendo —respondió suavemente.
Volví a la carta.
“Le hablé de ti, Isabel.
Le conté que siempre habías sido la fuerte de las dos.
Le conté cómo cuidaste de
nuestros padres mientras yo intentaba salvar mi negocio. Le dije que, si algún día yo faltaba y él necesitaba encontrar a alguien en quien pudiera confiar, debía buscarte.