PARTE 1
“Dile a tu amante que venga a pedirme perdón por lo que me hizo, o antes de que termine el día vas a perderlo todo.”
Eso fue lo único que le dije a mi esposo cuando me miré al espejo del baño ejecutivo y vi mi cabeza casi rapada de un lado, con mechones negros tirados sobre el lavabo como si alguien hubiera querido borrar mi nombre con tijeras.
No grité.
No lloré.
No rompí nada.
Solo tomé mi celular con las manos todavía temblando y marqué el número de Andrés Santillán, mi esposo, director general de una de las empresas de logística más grandes de México.
Él contestó con esa voz fría que usaba cuando había gente cerca.
“¿Ahora qué pasa, Mariana?”
Miré mi reflejo. La mujer que me devolvía la mirada no parecía la misma que esa mañana había salido de casa con un vestido azul, el cabello largo recién peinado y una lonchera con chiles rellenos que yo misma había preparado para sorprender a su marido.
“Te quedan cinco minutos”, le dije.
Hubo un silencio breve.
“¿Cinco minutos para qué?”
“Para traer a Paola a la oficina de mi abogada. Que se disculpe por lo que hizo. Que acepte delante de ti que me agredió. Si no, hoy se acaba tu mundo.”
Andrés soltó una risa seca.
“Mariana, no seas ridícula. ¿Otra vez con celos?”
Celos.
Esa palabra me atravesó más que las tijeras.
Porque yo no había ido a su empresa a reclamarle nada. No había ido a revisar cajones, ni celulares, ni agendas. Había ido porque todavía creía, de una manera tonta y cansada, que tal vez nuestro matrimonio podía respirar otra vez.
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Mi padre siempre decía que una casa no se cae de golpe, se va cuarteando en silencio. Y mi matrimonio llevaba meses lleno de grietas.
Andrés llegaba tarde todas las noches. Olía a perfume que no era mío. Cambiaba de contraseña cada semana. En las comidas familiares, mi suegra repetía que yo debía agradecer tener un esposo tan ocupado, tan brillante, tan importante.
“Los hombres como Andrés no están hechos para estar encerrados en una casa”, decía ella frente a todos.
Yo sonreía, tragándome la vergüenza.
Ese viernes fui a Grupo Santillán Logística con la intención de llevarle comida. La recepcionista me reconoció y se puso pálida. Subí al piso dieciocho. La puerta de la oficina principal estaba entreabierta.
Y entonces los vi.
Paola Mendoza, su asistente ejecutiva, estaba sentada detrás del escritorio de mi esposo, usando su saco gris, con los pies sobre la alfombra importada. Andrés estaba a su lado, riéndose mientras ella le acomodaba la corbata.
Cuando Paola me vio, no se levantó. Al contrario, sonrió como si me hubiera estado esperando.