“Por fin vino la señora de la casa”, dijo.
Andrés se enderezó de inmediato.
“Mariana, esto no es lo que parece.”
Yo dejé la lonchera sobre una mesa lateral.
“Entonces explícame qué es.”
Él abrió la boca, pero no dijo nada.
Paola caminó hacia mí con una tranquilidad venenosa.
“Ya basta de hacerte la esposa digna. Todos aquí saben que Andrés está conmigo porque contigo se aburre.”
No contesté. Miré a mi esposo.
“¿Vas a permitir que me hable así?”
Andrés bajó la mirada.
Ese fue el primer golpe.
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El segundo vino cuando Paola me tomó del brazo al verme caminar hacia la puerta.
“Todavía no termino contigo.”
Me zafé.
“No me vuelvas a tocar.”
Pero Paola me empujó hacia el pasillo privado que conectaba con el baño ejecutivo. Ahí no había empleados, solo cámaras en la entrada y una puerta pesada que se cerró detrás de nosotras.
Todo pasó demasiado rápido.
Gritos.
Un jalón de cabello.
Mi espalda contra el mármol.
El ruido metálico de unas tijeras que alguien había dejado en el tocador porque ese día preparaban una sesión de fotos corporativa.