Cuando me miré al espejo y vi lo que le había hecho a mi cabello, no grité. Tomé mi teléfono con calma y llamé a mi esposo, el director general. “Tienes cinco minutos”, le dije. “Dile a tu amante que venga a pedirme perdón por lo que hizo, o tu mundo entero se acaba hoy.” Él se rió y colgó. Cinco minutos después, supo que acababa de cometer el peor error de su vida.

Cuando seguridad abrió la puerta, Paola todavía tenía un mechón mío en la mano.

“Se cayó”, dijo, respirando agitada. “Ella se volvió loca.”

Yo estaba frente al espejo.

Mi cabello, el cabello que mi madre había trenzado el día de mi boda, estaba destrozado.

Andrés llegó corriendo segundos después. Su rostro cambió al verme, pero no vino hacia mí. No me abrazó. No preguntó si estaba bien.

Se giró hacia Paola.

“¿Qué hiciste?”

Ella levantó la barbilla.

“Lo que tú no tuviste valor de hacer. Quitártela de encima.”

Y él no la contradijo.

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Caminé entre los guardias, salí del baño y bajé al estacionamiento sin una sola lágrima. Al entrar a mi camioneta, mi celular vibró.

Era un mensaje de la licenciada Claudia Ibarra, mi abogada.

“La medida urgente fue autorizada. Podemos actuar hoy.”

Miré hacia el edificio de cristal donde mi esposo seguía creyendo que yo era solo una esposa humillada.

Volví a llamarlo.

Le di cinco minutos.

Él se rio y colgó.

Y en ese momento entendí que Andrés no sabía que yo no lo estaba amenazando.

Le estaba dando su última oportunidad.

PARTE 2

La mayoría creyó que todo empezó por una amante y unas tijeras.

No era cierto.

Eso solo fue la chispa. El incendio ya llevaba meses escondido bajo las alfombras caras de Grupo Santillán.