Andrés estaba sentado en la cabecera, como siempre. Paola no apareció.
“Esto es un asunto personal”, dijo él antes de que alguien preguntara nada. “Mi esposa está actuando desde el dolor.”
Un consejero mayor, don Ernesto Valadez, lo miró sin levantar la voz.
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“Dejó de ser personal cuando aparecieron facturas pagadas por la empresa.”
Andrés se puso rojo.
“Todo tiene explicación.”
Claudia deslizó una carpeta sobre la mesa.
“Entonces explique por qué autorizó gastos de más de dos millones de pesos en viajes donde no hubo juntas, clientes ni contratos firmados.”
Nadie habló.
El silencio ya no me aplastaba. Ahora trabajaba para mí.
Andrés me miró por primera vez con miedo.
“Mariana, salte de aquí. No sabes lo que estás haciendo.”
Yo levanté la mirada.
“Sí sé. Estoy dejando que todos vean lo que tú creíste que nadie iba a revisar.”
El Consejo votó iniciar una auditoría externa y suspender temporalmente a Andrés de sus funciones. La noticia llegó a la prensa empresarial esa misma tarde: “Grupo Santillán revisa gastos ejecutivos y cambia dirección interina”.
Mi celular empezó a llenarse de llamadas.
Andrés.
Mi suegra.
Un cuñado que nunca me hablaba.
Luego apareció un mensaje de Paola.
“Si caigo, me lo llevo conmigo.”
Se lo envié a Claudia.
Ella solo respondió:
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“Perfecto. Acaba de ayudarnos más de lo que imagina.”
Y esa noche, cuando creí que nada podía ser peor, llegó a mi correo un archivo anónimo con el asunto:
“Usted no sabe ni la mitad.”
PARTE 3