—No le pasa nada a tu bebé. —Su voz había cambiado de una forma tan profunda que ella no habría podido describirla con precisión; seguía controlada, pero apenas, como algo que se ha mantenido en pie el mayor tiempo posible—. Está perfectamente sano. Te lo prometo.
“Entonces, ¿por qué…?”
Levantó la vista de la niña para mirarla a la cara.
—Necesito preguntarle algo —dijo—. El padre de su hijo. Su nombre.
La expresión de Clara se cerró en torno a la pregunta, como siempre. Había dedicado nueve meses a perfeccionar su técnica en torno a ese tema en particular; había aprendido a responderlo, a redirigirlo o simplemente a asimilarlo sin consecuencias aparentes. Había construido una barrera, y esa barrera le había servido.
—Él no está aquí —dijo ella.
“Lo entiendo. Estoy preguntando por su nombre.”
“¿Por qué importa eso ahora?”
La doctora la miró con una expresión para la que ella pasaría años intentando encontrar las palabras adecuadas. Contenía dolor, sí, pero también algo más antiguo y profundo que el dolor mismo, algo que había estado presente mucho antes de esta habitación y que solo ahora, en este preciso e improbable momento, estaba descubriendo la forma que había estado esperando.
—Por favor —dijo—. Dígame su nombre.
Clara lo miró fijamente durante un largo rato. Sus manos aún temblaban. Sus ojos reflejaban paciencia y desesperación a partes iguales.
—Emilio —dijo—. Emilio Salazar.
La sala quedó en absoluto silencio.
El único sonido era el del bebé.
El doctor Richard Salazar cerró los ojos. Una lágrima rodó lentamente por su mejilla, con la deliberación de algo que ha estado esperando permiso durante mucho tiempo.