tu madre me dijo que algún día debía encontrar.
—Es diferente?
—Sí.
—Mucho.
—Desde tu perspectiva.
—Desde la mía también.
Ella no retrocedió.
Eso empezaba a resultarle irritantemente familiar.
—Y Mia?
—No debía estar aquí.
—Entonces cómo encontró la llave?
Natalie palideció otra vez.
—Eso es lo que no entiendo.
Fueron al armario.
La llave encajó en una pequeña ranura detrás del revestimiento.
Sebastian había vivido en esa habitación años sin verla.
Giró.
Un panel estrecho se abrió.
Dentro había tres sobres.
Un pequeño grabador digital.
Y una caja de madera.
Sobre el primer sobre:
Para Natalie.
Segundo:
Para Sebastian.
Tercero:
Para ambos, pero solo cuando sean capaces de estar en
la misma habitación sin culparse por pecados ajenos.
Sebastian soltó una risa corta.
—Definitivamente mi madre.
Natalie sonrió triste.
Abrieron primero el suyo.
Katherine aparecía en una grabación.
Más delgada.
Enferma.
Pero con la voz firme.
—Sebastian.
Él dejó