La tarde en que el agua finalmente volvió a su nivel normal, bajé al muelle reconstruido al anochecer. Observé a los murciélagos salir volando del antiguo desván del molino, como siempre lo habían hecho. El valle estaba en silencio, el agua en calma, y el viejo salero de mi difunta esposa seguía donde ella lo había dejado, en la barandilla del porche.
El peaje final
La calma no duró mucho. El silencio después de una tormenta nunca es señal de paz; es solo ese breve y frío momento en el que se hace balance.