Tienen una versión del protocolo y un equipo que conoce el procedimiento.
—¿Pueden tratar a Jonah y Blythe?
—Están revisando los expedientes ahora.
—¿Cuánto tiempo?
—Horas.
Miré el reloj.
Nunca había odiado tanto esa palabra.
Horas.
Jonah y Blythe quizá solo tenían días.
A las nueve llegó otra llamada.
Franklin contestó.
Escuchó.
Después se sentó.
—¿Qué dijeron?
Me miró.
—Aceptaron evaluarlos.
No significaba que vivirían.
No significaba que el tratamiento funcionaría.
Solo significaba que todavía existía una puerta.
Y yo iba a atravesarla.
El traslado se realizó esa misma tarde.
Elena quiso irse.
—No —le dije.
—Señor Mercer…
—No eres prisionera.
—Entonces déjeme ir.
—Puedes irte.
Me acerqué.
—Pero quiero preguntarte algo.
—¿Qué?
Le entregué el collar.
—¿Por qué esperaste dos años?
Su rostro se derrumbó.
—Porque tuve miedo.
—¿De Sloane?
—De todos.
Miró el collar.
—Después de la muerte de Genevieve dejé Chicago. Cambié de nombre durante un tiempo.