Mi esposo llevó a su ex a Los Cabos para humillarme… pero al regresar, encontró la casa vacía y a su familia perdida para siempre.

La paz duró poco.

Primero Diego empezó a llamar al despacho.

Una vez.

Luego tres.

Después diez veces en un solo día.

“Mariana”, me dijo la recepcionista, incómoda, “hay un señor Diego Santillán preguntando por ti. Dice que es urgente, que tiene que ver con tu hija.”

Sentí el cuerpo helado.

“Dile que toda comunicación es con mi abogada.”

Él no paró.

Llegaron correos a mi cuenta laboral.

No puedes borrarme.

Estás manipulando a Camila.

Tenemos que hablar como adultos.

Sé dónde trabajas.

Patricia me llamó a su oficina. Yo entré con la cara ardiendo de vergüenza.

“Es mi exesposo”, dije. “Lo siento mucho.”

Ella cerró la puerta.

“No te disculpes por el acoso de otra persona.”

Esa frase me golpeó.

Diego me había entrenado para creer que todo lo que él hacía mal terminaba siendo mi culpa.

“Desde hoy sus llamadas no pasan”, continuó Patricia. “Y si viene, seguridad lo saca.”

Esa tarde levanté un reporte. Claudia envió una advertencia formal.

Diego la ignoró.

El siguiente fin de semana, cuando fui a entregar a Camila, Lucía me acompañó. Diego apareció despeinado, con los ojos rojos y olor a alcohol.

“Mariana, por favor”, dijo, mientras Camila entraba al baño. “Necesitamos hablar.”

“No.”

“Fuimos esposos.”

“Y ahora somos partes en un proceso legal.”

“Estás disfrutando esto.”

Lo miré con una calma que no sabía que tenía.

“No, Diego. Disfrutar era lo que tú planeabas hacer cuando me querías ver llorando por tu viaje con Valeria.”

Su cara se endureció.

“Yo cometí un error.”

“No. Tú tomaste decisiones. Muchas. Durante meses.”

Camila volvió antes de que él respondiera.

La abracé.

“Te amo. Me llamas si necesitas algo.”

Esa noche no pude dormir.

A las 11:26, sonó mi celular.

Camila.

Contesté de inmediato.

“¿Mi amor?”

Su voz era un hilo.