Mientras Diego trabajaba, yo fotografiaba papeles, copiaba archivos, revisaba correos, guardaba recibos. Encontré cenas carísimas en Polanco donde nunca estuve. Un collar comprado en una joyería de Santa Fe que nunca llegó a mis manos. Hoteles en la misma ciudad.
Luego encontré algo peor.
Un departamento en Querétaro.
Rentado desde hacía tres años.
Ingreso mensual que Diego jamás mencionó.
Yo había estado comparando precios del mandado, dejando de comprarme zapatos, cancelando consultas médicas para ahorrar, mientras él escondía dinero y me decía que “no alcanzaba”.
Esa noche le serví enchiladas verdes y le pregunté cómo le había ido.
Él habló de su jefe, de sus clientes, de lo cansado que estaba.
Yo asentí.
Incluso sonreí.
No tenía idea de que la mujer frente a él ya había contratado abogada, abierto cuenta bancaria, buscado escuela para su hija en Guadalajara, cerca de Lucía, y reservado una mudanza para la mañana después de su vuelo.
La noche antes de irse, Diego me miró desde la cama.
“Vas a extrañarme, ¿verdad?”
“Claro”, respondí.
Él sonrió como si hubiera ganado.
Yo apagué la luz.
Y por primera vez en años, dormí tranquila.
PARTE 1
“Me voy a Los Cabos con Valeria para que entiendas que todavía hay mujeres que sí me valoran.”
Eso fue lo que leí en la pantalla de la tablet de mi esposo, una mañana cualquiera, mientras mi hija Camila desayunaba cereal en la cocina de nuestro departamento en la Ciudad de México.
Al principio pensé que estaba leyendo mal.
El correo decía: reservación confirmada para dos adultos en un hotel de lujo frente al mar. Suite con jacuzzi privado. Cena romántica en la playa. Masaje en pareja. Botella de champaña de bienvenida.
El nombre principal era el de mi esposo: Diego Santillán.
El segundo nombre no era el mío.
Valeria Robles.
Su exnovia.