Sentí como si alguien me hubiera vaciado una cubeta de agua helada en la espalda. Mis manos temblaron tanto que casi tiré la tablet al piso. Yo solo la había tomado porque Diego había descargado ahí una tarea de matemáticas de Camila. Esperaba encontrar divisiones, no la prueba de que mi matrimonio se estaba pudriendo desde adentro.
Deslicé el dedo y vi los mensajes.
Valeria: No puedo creer que por fin vayamos juntos.
Diego: Espérate a que Mariana se entere. Se va a volver loca.
Valeria: Eres malo.
Diego: A ver si así despierta. Últimamente parece señora amargada.
Me quedé sin aire.
Había más.
Diego: Desde que nació Camila se volvió aburrida.
Diego: Ya no se arregla.
Diego: Cree que porque es mi esposa ya no tiene que esforzarse.
Y luego el mensaje que me rompió algo muy profundo.
Diego: Este viaje la va a matar de celos. Necesita recordar que no soy cualquier cosa.
Miré alrededor.
La taza de café medio fría. El uniforme escolar de Camila colgado en una silla. Los trastes del desayuno. La lonchera abierta. La vida que yo llevaba años sosteniendo mientras Diego viajaba, trabajaba, se quejaba, llegaba tarde y todavía tenía el descaro de llamarme exagerada cada vez que yo notaba algo raro.
Me había dicho que iba a Monterrey por una convención médica.
Cinco días, según él.
Reuniones, clientes importantes, cenas de trabajo.
Hasta había fingido tristeza por perderse la presentación del Día de las Madres en la escuela de Camila.
“Me duele no estar, amor”, me dijo, besándome la frente sin soltar el celular.
Mentira.
No iba a Monterrey.
Iba a Los Cabos con Valeria.
Y lo peor no era la infidelidad. Lo peor era que quería que yo lo supiera. Quería verme humillada. Quería que llorara, que gritara, que le rogara, que peleara con otra mujer por un hombre que se creía premio.
“¿Mamá?”, dijo Camila desde la sala. “¿Encontraste mi tarea?”
Cerré la tablet de golpe.
“Dame un minuto, mi amor.”
Mi voz sonó tranquila. Demasiado tranquila.
Durante años, Diego me había convencido de que yo era insegura. Cuando Valeria empezó a comentar todas sus fotos con corazones y bromas privadas, él me dijo que estaba loca.
“Es una amiga de la universidad, Mariana. No seas tóxica.”