Para cuando Diego aterrizara en Los Cabos, tendría alertas de la cámara mostrando la mudanza. Tendría llamadas perdidas. Tendría papeles de divorcio esperándolo en casa.
Y probablemente tendría a Valeria al lado cuando se le borrara la sonrisa.
No lo deseé por venganza.
Lo deseé porque toda mujer merece saber con qué clase de hombre está parada.
Esa noche, ya instaladas en el cuarto de visitas de Lucía, revisé mi celular.
Veintidós llamadas perdidas.
Treinta mensajes.
¿Qué demonios hiciste?
¿Dónde está mi hija?
Esto es secuestro.
Estás loca.
Me vas a pagar esta humillación.
Humillación.
Él estaba en un hotel de lujo con su ex y yo era la que lo humillaba.
Escribí una sola respuesta:
Toda comunicación será por medio de mi abogada.
Después lo bloqueé.
Un minuto más tarde, Valeria me llamó desde su número.
También la bloqueé.
Los primeros días fueron raros. Camila lloraba por las noches. Yo lloraba en la regadera. Pero en las mañanas salíamos a caminar por la colonia, comprábamos pan dulce, buscábamos escuela, armábamos muebles prestados.
El departamento que renté era pequeño, con paredes blancas, piso viejo y una cocina diminuta. Pero tenía ventanas grandes y luz.
Camila lo dijo mejor que nadie:
“Se siente como si aquí pudiéramos respirar.”
A la semana, empecé a trabajar en un despacho de arquitectura. La directora, una mujer llamada Patricia, revisó mis bocetos y dijo:
“Usted no perdió talento, Mariana. Solo dejó de usarlo.”
Me fui al baño a llorar.
No de tristeza.
De rabia por todo lo que había permitido que Diego apagara.
Cinco días después, Claudia llamó.
“Diego regresó antes de Los Cabos.”
“¿Con Valeria?”
“No. Según lo que sabemos, ella se fue primero. Parece que él le dijo que ya estaban separados. Cuando vio los papeles del divorcio, entendió que también le mintió a ella.”
Me senté en la cama.