Se quedó callada un momento.
“¿Puedo llevar mis peluches?”
“Todos.”
La mudanza fue rápida.
Me llevé la mesa de madera que mi mamá me heredó, los libros que compré antes de casarme, los muebles de Camila, mis planos viejos, documentos, ropa, trastes y fotografías donde todavía podía reconocerme.
Le dejé a Diego su pantalla gigante, su sillón de piel, sus trajes ordenados y la cama donde dormía junto a mí mientras le escribía a otra mujer.
Sobre la barra de la cocina dejé los papeles del divorcio.
Sin nota.
Sin explicación.
No merecía una.
Al mediodía, el departamento parecía hueco. Camila caminó por su cuarto y tocó la pared donde habíamos marcado su estatura cada cumpleaños.
“Me da miedo”, dijo.
“A mí también.”
“Entonces, ¿por qué nos vamos?”
“Porque a veces ser valiente no significa no tener miedo. Significa irte aunque tengas miedo.”
En el aeropuerto, Lucía me abrazó como si quisiera pegarme de nuevo al mundo.
“Cuando aterrices, me llamas.”
“Sí.”
“Estoy orgullosa de ti.”
Eso casi me derrumbó.
Durante el vuelo a Guadalajara, Camila se quedó dormida con la cabeza en mi hombro. Yo miré por la ventana y sentí que ocho años de silencio se desprendían de mí poco a poco.
Cuando conecté el celular al Wi-Fi, vi un mensaje de Claudia.
Documentos entregados en domicilio a las 12:17 p.m.
Adjuntó una foto del sobre sobre la barra de la cocina.
Listo.