—No. Seguro se trabó.
Luego ocurrió otra vez.
Y otra.
Cada vez que Daniel cruzaba la puerta, su ubicación desaparecía como si alguien la borrara con tinta negra.
Después cambió la contraseña del teléfono.
Empezó a llevárselo al baño.
Contestaba mensajes en la lavandería.
Dos madrugadas, Mariana despertó y no lo encontró en la cama. La segunda vez, lo vio de pie entre las cunas, mirando una foto en la pantalla. Una adolescente morena aparecía junto a una mujer que Mariana no conocía.
—¿Quién es? —preguntó.
Daniel bloqueó el celular de inmediato.
—Nada. Algo del trabajo.
—¿Tu trabajo manda fotos familiares a la 1 de la mañana?
Él no contestó.
La sospecha se volvió veneno lento. Mariana empezó a imaginar una amante. Una mujer más joven, más descansada, sin ojeras, sin leche manchándole las blusas, sin dos bebés llorando a turnos durante la noche.
Luego vio el dinero.
De la cuenta de emergencias habían desaparecido 23,000 pesos.
Daniel primero lo negó.
Después dijo que era para gastos de la casa.
Luego para una reparación del coche.
Al final, cuando Mariana le pidió comprobantes, él solo bajó la mirada y dijo:
—No puedo decírtelo.
Esa frase terminó de romper algo.
Dos días después, la mamá de Mariana llegó a ayudarla con los niños. La encontró doblando ropita diminuta con los ojos hinchados.
—Creo que Daniel tiene a otra —confesó Mariana.
Su madre, Teresa, no hizo escándalo. Solo se sentó frente a ella.
—No inventes una historia antes de tener pruebas. Pero tampoco permitas que te convenzan de que no viste lo que viste.