Aquella frase se le quedó clavada.
La oportunidad llegó un jueves.
Daniel apareció en la sala diciendo que tenía una junta urgente. Llevaba jeans, tenis y una camisa que jamás usaba para trabajar.
—¿A esta hora?
—Es rápido. Regreso antes de que duerman.
Besó a los gemelos. A Mariana apenas le tocó la frente.
En cuanto salió, su ubicación se apagó.
Pero esa vez Mariana ya tenía las llaves en la mano.
Su madre se quedó con los bebés y ella salió sin pensarlo demasiado, porque si lo pensaba, quizá se arrepentía.
Lo siguió a distancia.
Daniel no fue a la oficina.
No pasó por el hospital.
No entró a ninguna plaza.
Manejó hasta salir de la zona comercial, cruzó calles cada vez más tranquilas y se detuvo frente a un jardín con placas de mármol, árboles viejos y bancas vacías.
Mariana estacionó una calle atrás.
Lo vio caminar hacia una joven que esperaba bajo el fresno.
Ella llevaba una caja.
Daniel le entregó un sobre.
La muchacha lo abrió, sacó varias fotografías y las miró con una tristeza que Mariana no pudo entender.
Eran fotos de Mateo y Emiliano.Entonces la joven levantó la vista y dijo aquello.
—No quiero más fotos de tus bebés, papá. Quiero la verdad.
Daniel se puso pálido.
Mariana salió de su escondite antes de poder detenerse.
—¿Papá?
Daniel giró como si lo hubieran descubierto robando aire.
—Mariana…
La muchacha la miró con sorpresa, luego con miedo.
Mariana señaló la caja.
—¿Quién es ella?
Daniel tragó saliva.
—Se llama Camila.
La joven apretó las fotos contra el pecho.
—Soy su hija.
El mundo de Mariana se partió sin hacer ruido.
Daniel dio un paso hacia ella.
—Te lo iba a explicar.
Mariana soltó una risa seca.
—¿Cuándo? ¿Cuando Mateo y Emiliano cumplieran 18 también?
Camila miró a Daniel, confundida.
—¿Ella no sabía?
Esa pregunta fue peor que una bofetada.
Porque en ese instante, Mariana entendió que la mentira era más grande de lo que había imaginado.