Camila se sonrojó.
—Mi mamá dejó deudas. La renta se atrasó. Yo no sabía que salía de una cuenta de ustedes. Él me dijo que podía ayudar.
Mariana la miró con suavidad por primera vez.
—No estoy enojada contigo.
Los ojos de Camila se llenaron de lágrimas.
—Yo pensé que usted sabía. Él dijo que era complicado, pero que usted entendía.
Mariana giró lentamente hacia Daniel.
—¿Le hiciste creer que yo aceptaba esconderla?
Daniel dio un paso hacia ella.
—Mariana, estaba tratando de protegerte. Acababas de parir. Los niños estaban chiquitos. No quería meterte más presión.
Ella levantó una mano para detenerlo.
—No usas mi cansancio como excusa para mentirme.
Daniel se quedó callado.
—Ayudar a tu hija no fue la traición —continuó Mariana—. La traición fue convertirnos a las 2 en parte de tu mentira.
Camila lloraba en silencio.
Mariana quiso odiarla, pero no pudo. Era una niña cargando una ausencia de 17 años, una madre muerta y un padre que aparecía con fotos ajenas como migajas de familia.
Daniel intentó acercarse otra vez.
—Vamos a casa. Hablamos tranquilos.
—Tú no vas a casa esta noche.—Los bebés me necesitan.
—Los bebés necesitan un padre honesto.
Daniel se quedó quieto.
Mariana respiró hondo, mirando las cartas en manos de Camila.
—Mañana vas a venir. Vas a sentarte frente a mí. Vas a contarme todo desde el principio. Sin proteger a tus papás, sin protegerte a ti, sin usarme de pretexto.
—¿Y Camila? —preguntó él.
Mariana miró a la joven.
La respuesta le salió antes de pensarlo.
—Pasado mañana la vas a llevar a conocer a sus hermanos.