Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.

Un escribano revisó la escritura original, mapas antiguos y registros de contribución.

El resultado no fue tranquilizador.

La finca pertenecía legalmente a Clara, pero existía una discrepancia en la descripción de la garganta sur.

Eusebio Aranda podía intentar abrir un pleito.

Clara regresó con el estómago cerrado.

3 días después, Eusebio apareció personalmente.

Llegó en coche de caballos acompañado por su hijo Ramón y un administrador.

Era un hombre grueso, elegante y demasiado amable.

—Doña Clara, no deseo problemas.

Ella permaneció en el corredor.

Lucía estaba dentro de la casa.

Mateo todavía no había llegado.

—Entonces no los traiga.

Eusebio sonrió.

Explicó que podía pagarle 5 veces el precio que ella había desembolsado por la finca.

Dinero suficiente para comprar una pequeña casa cerca de Oviedo.

Clara rechazó la oferta.

Eusebio aumentó la cantidad.

Ella volvió a negarse.

Entonces el hombre dejó de sonreír.

—Una propiedad así requiere capital, trabajadores,