Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.
tabla:
“Familia no es esperar permiso para ayudar.”
Clara tuvo que mirar hacia otro lado para contener las lágrimas.
Mateo llegó esa misma tarde.
Cuando supo lo de los Aranda, insistió en revisar los documentos de propiedad.
El nombre no le sorprendió.
Eusebio Aranda controlaba varios molinos de aceite y buena parte del comercio agrícola entre los pueblos de la zona. Prestaba dinero a agricultores durante los malos años y después utilizaba las deudas para quedarse con parcelas especialmente valiosas.
Mateo conocía al menos 4 familias que habían perdido tierras de esa manera.
—Si sabe lo de los olivos, intentará demostrar que esas terrazas no pertenecen a tu finca —advirtió.
Clara sacó los documentos comprados a Anselmo.
Mateo pasó casi una hora examinándolos.
El límite sur aparecía marcado por un arroyo que ya no existía.
Aquello podía ser un problema.
Al día siguiente viajaron hasta la capital del partido judicial.