Regresé antes de lo previsto y encontré una nota atada a una rama de olivo frente a mi puerta, mientras los Aranda ya calculaban cuánto valía la finca que yo había levantado desde la ruina. “Vende antes de que otros decidan el precio por ti.” No respondí: quemé la nota y llevé mis escrituras al registro. Pero el viejo mapa escondido por Teresa revelaba algo que ellos jamás quisieron que yo encontrara.
molino manual y tinajas enterradas bajo un cobertizo derrumbado.
Comprendió que el anterior propietario había protegido aquella plantación en secreto.
Y comprendió algo todavía más inquietante.
Los Aranda probablemente llevaban años buscándola.
No contó nada.
Pero una semana después aparecieron 2 desconocidos en la finca.
Eran Mateo Cifuentes y su hermana Lucía.
Mateo, de 35 años, poseía una pequeña explotación ganadera al otro lado del valle. Buscaba una mula llamada Mora que se había escapado durante una tormenta.
Lucía tenía 21 años y era sorda desde una enfermedad sufrida durante la infancia.
Al principio observó a Clara con desconfianza.
Clara señaló al burro gris, levantó las manos sobre la cabeza imitando unas enormes orejas y puso una expresión exageradamente seria.
Lucía soltó una risa muda.
Mateo se quedó mirándolas sorprendido.
A partir de aquel día, Lucía comenzó a visitar la finca.
Llevaba queso, pan o manzanas. Ayudaba a alimentar a