las gallinas y parecía entender al burro mejor que nadie.
Mateo también empezó a aparecer con demasiada frecuencia.
Un martillo prestado.
Un poste que reparar.
Una excusa sobre el tiempo.
Clara fingía no darse cuenta.
Hasta que conoció a Teresa, la tía de Mateo.
La mujer llegó una tarde sin avisar y observó a Clara como si estuviera examinando mercancía defectuosa.
—Mateo ya perdió una prometida por cargar con Lucía —dijo—. No necesita ahora una viuda arruinada que venga a complicarlo todo.
Clara sintió el golpe, pero respondió con calma:
—No he pedido nada a su sobrino.
Teresa sonrió.
—Todavía.
Aquella misma noche Clara decidió alejarse de Mateo.
Pero al amanecer encontró algo delante de su puerta.
Una rama de olivo recién cortada.
Atada a ella había una nota.
“Sabemos lo que tienes en la garganta sur. Vende antes de que otros decidan el precio por ti.”
Abajo aparecía un