que abrirte los ojos.”
A su lado estaba Adrián Barrera, el abogado de nuestra familia desde hacía más de veinte años.
“Tu acuerdo prenupcial es claro”, añadió él. “Si existe infidelidad, puedes terminar esto sin arriesgar el patrimonio.”
Yo tenía 41 años, una cadena de hoteles, casas que apenas visitaba y dinero suficiente para no mirar nunca el precio de nada.
Pero había una cosa que no podía comprar: confianza.
Mi padre me había enseñado eso de la peor manera.
Cuando yo tenía 19 años, Joaquín Serrano desapareció después de vaciar 32 millones de pesos de las cuentas de la empresa familiar. Dejó una carta diciendo que no soportaba las deudas y que quería comenzar otra vida.
Mi madre enfermó.
Camila juró que jamás lo perdonaría.
Y yo abandoné la universidad para salvar el pequeño hotel que nos quedaba.