Pasé veinte años convirtiéndome en el hombre contrario a mi padre.
Por eso, cuando Lucía llegó aquella noche y me dijo que había trabajado hasta tarde, no discutí.
Solo la miré mentirme.
Dos días después la seguí.
Salió de la fundación, compró un suéter gris para hombre, unas pantuflas, medicamentos y una bolsa de pan dulce. Después tomó un taxi hacia una colonia donde las fachadas elegantes desaparecían y comenzaban calles estrechas llenas de talleres, puestos de tacos y casas antiguas.
El taxi se detuvo frente a una residencia para adultos mayores.
Casa Santa Cecilia.
Lucía entró.
Esperé quince minutos antes de bajar.
La lluvia comenzaba a caer. Rodeé el edificio hasta encontrar una ventana abierta hacia un pequeño comedor.
Allí estaba ella.
Sentada junto al hombre de la fotografía.
Sentí que se me cerraban los puños.