Era mi padre.
Y llevaba veinte años creyéndolo muerto para mí.
Pero antes de poder alejarme de la ventana escuché al anciano decir algo
que me dejó clavado bajo la lluvia.
“Lucía, no permitas que Mateo descubra quién robó ese dinero. Si lo sabe ahora, su propia familia puede destruirlo.”
Parte 2: Volví a casa al amanecer.
Lucía me encontró en la cocina con la misma ropa mojada.
“Te seguí.”
Su rostro perdió el color.
“Lo viste.”
“Vi a mi padre.”
No intentó negarlo.
Me contó que lo había encontrado cinco meses antes durante una visita de la fundación. Él reconoció mi apellido en su gafete y empezó a llorar.
Había terminado enfermo y sin dinero en aquella residencia.
“Quise llamarte ese mismo día”, explicó Lucía. “Pero se puso de rodillas y me pidió tiempo.”
“¿Tiempo para qué?”
“Para demostrar que nunca robó nada.”